El mensaje semanal del Obispo de Cuenca. 12 de Enero de 2018

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Acaba de cumplirse un mes del memorable viaje del Santo Padre Francisco a Myanmar y Bangladesh, dos pueblos afligidos por problemas de gran envergadura y de no fácil solución. Sabemos que uno de los motivos fundamentales del viaje del Papa fue el de hacer más visible todavía el drama de los prófugos, cientos de miles, pertenecientes al pueblo  Rohingya. Al menos durante los días de su viaje, del 26 de noviembre al 2 de diciembre del pasado año, pudimos tomar más clara conciencia del problema  y conocer con mayor exactitud las dimensiones del mismo.

            La cuestión de los migrantes y de los refugiados ocupa un puesto importante en el corazón del Pastor universal. Desde los inicios mismos del nuevo año, hemos visto cómo migrantes y refugiados siguen ocupando su pensamiento. En efecto, ha querido que éste fuera el tema central de la reciente celebración de la Jornada Mundial de la Paz, que tuvo lugar el 1º del año. Ha presentado al mundo a esos hermanos nuestros como “buscadores de paz”, pues “los conflictos armados y otras formas de violencia organizada siguen provocando el desplazamiento de la población dentro y fuera de las fronteras nacionales”, ha afirmado el Papa. Ello da lugar a enormes problemas sociales, cuya solución exige la cooperación internacional, el empleo de medios y recursos proporcionados para hacerles frente, el desarrollo de una nueva cultura en la que crezca el interés por los demás y la conciencia de que las situaciones que sufren nos afectan a todos. Es cierto que el deseo de encontrar soluciones no puede hacer olvidar la complejidad de los problemas y sus varias dimensiones. Pero las dificultades, en vez de paralizar y frenar los intentos de búsqueda de soluciones eficaces, deben servir de aguijón e imprimir a nuestros trabajos un sello de urgencia.

            El próximo domingo, día 13 de enero, viviremos una nueva Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado. Todos estamos llamados a empeñarnos en la tarea de crear una verdadera “cultura del encuentro, del diálogo y de la colaboración al servicio de la familia humana”. Es algo que va mucho más allá de la simple tolerancia que ve en la diversidad sobre todo una amenaza, y no, más bien, algo que nos puede enriquecer y llenar nuestras lagunas y carencias.

            El Papa nos habla de favorecer la cultura del encuentro mediante la “apertura del corazón” cuyo contenido concreta mediante tres imágenes. La primera es la de la “puerta”, que pide buena voluntad y acogida, y que no comporta indiferencia o reticencia a la hora de manifestar las propias convicciones; la segunda es la de la “escalera”,  que nos permite acceder a lo absoluto, facilita valorar la persona de los demás y sus puntos de vista, y nos mueve a tender la mano como signo de amistad. La tercera imagen, en fin, es la del “camino” que conduce a buscar el bien de nuestro prójimo. Todos hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios, verdad fundamental para establecer unas buenas relaciones sociales y que representa el vínculo más fuerte que puede darse entre los hombres. Una verdad que debe conducirnos a mantener abierto el corazón, a hacer el bien, a defender los derechos de quienes se ven privados de ellos, a no mirar cómodamente hacia otra parte.

 

            Esta Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado es seguramente un buen momento para preguntarnos si, como a cristianos que somos, no nos estará pidiendo Dios Nuestro Señor una mayor generosidad para acoger, proteger, promover e integrar a esos hermanos nuestros al servicio de una cultura, de una sociedad de armonía y de paz.