Homilía del Obispo de Cuenca en la Apertura del Año Jubilar de Sisante

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La Epifanía es la gran fiesta de la manifestación de Dios en Jesús de Nazaret; es la revelación de la verdad más íntima, más profunda, de Jesús de Nazaret. Toda la Navidad es en realidad la  revelación, la manifestación de Dios a los hombres. Dios en el Antiguo Testamento es un Dios rodeado de misterio, el Deus absconditus, Dios escondido, el ser que ningún hombre puede ver sin morir, el Dios que permanece siempre como tras un velo, que se da a conocer, pero sin que resulte accesible del todo a los hombre. Sólo escaparon a esa ley algunos de los grandes Patriarcas como Abrahán que fue llamado amigo de Dios por su fe en el Señor ( (St 2, 23); de Moisés, por su parte, dice el libro del Éxodo (33, 11) que el Señor hablaba con él “cara a cara como habla un hombre con un amigo”. No obstante, poco más adelante, se dice que no puede ver su rostro porque nadie puede ver el rostro de Dios y quedar con vida (33, 20). La plenitud de la revelación de Dios no fue concedida a nadie en el Antiguo Testamento.

         La pregunta por Dios, el deseo de conocerlo tal cual es, representa el anhelo de los hombres santos, el anhelo más alto que puede tener el corazón humano. Los hombres justos del AT deseaban ver el rostro de Dios, ver a Dios como es, no una imagen suya. Es el mismo Dios quien pone ese deseo en sus corazones. Así dice el Salmo (27, 8 y 9): “Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro”. Nunca decimos que conocemos verdaderamente a una persona mientras no hemos visto su rostro. Podemos saber su origen, cualidades, dote, familia y patria, estudios, característica físicas…; pero sólo cuando vemos su rostro alcanzamos un conocimiento más completo y perfecto. “La cara es el espejo del alma”, decimos con razón. El yo se revela en el rostro. ¡Qué alegría da saber que Jesús, el Niño-Dios es el rostro de Dios, de su misericordia sin límites, de su amor apasionado, loco por los pobres hombres.

         Los hombres buscándolo lejos, quizás en estudios, raciocinios y disquisiciones; o preguntándonos dónde se encuentra en medio del dolor y sufrimiento de tantos hombres;  y lo  tenemos tan cerca, tan a la mano, tan fácil de encontrar.

         Lo hemos contemplado en el portal de Belén revelándose a los pastores, gente humilde, sencilla, ingenua a veces, sin cultura ni letras, sin poder, pero de buen corazón, abiertos al mensaje de los ángeles; hombres que no dudan y van en seguida a “ver” lo que se les ha dicho del Niño. Y Dios se les manifiesta en aquella criaturita envuelta en pañales y recostada en un pesebre. Ellos no dudan ni se escandalizan, creen y cuentan lo que han visto. Se ha manifestado también a los Magos, que lo han buscado venciendo dificultades sin número, no en último lugar las bromas y desconfianza de los suyos, que piensan que han perdido el juicio. Pero aquellos hombres no pueden dejar de “ver” la señal en el cielo y la luz que se ha encendido en sus almas. Hoy, en fin, lo vemos manifestarse en el Jordán, a donde ha ido para recibir el “bautismo” de manos de Juan el Precursor. Allí todos pueden escuchar las palabras de lo alto que les  revelan  quién es Jesús. “Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma (símbolo de la reconciliación de Dios con los hombres después del diluvio) y se oyó una voz desde los cielos: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.

         Jesús es revelado a los pastores como hombre verdadero, envuelto en pañales; es revelado a los Magos que le ofrecen oro, incienso y mirra, como a rey, como a Dios y como a redentor. Es revelado a los pecadores que acuden contritos, arrepentidos al Jordán, para ser bautizados. Ven a Dios en Jesús, tienen fe en Él, lo reciben los sencillos y humildes; lo acogen quienes lo buscan y le dan todo lo que tienen porque han encontrado al Mesías salvador; lo aceptan como Verdad, Camino y Vida los pecadores que buscan y desean el perdón de sus pecados.

         Estos son los discípulos de Jesús: los pobres y humildes de corazón, no los soberbios, engreídos y egoístas; los hombres y mujeres que buscan la vedad, los insatisfechos, los inquietos que no se dan por satisfechos con las respuestas humanas y con los bienes pequeños de este mundo (no les interesan los regalos de Reyes, les interesa el gran regalo del Rey de Reyes, no se conforman con menos; lo reciben los que aun siendo pecadores, buscan el perdón de sus pecados que encuentran no en los hombres sino en Dios (parecen escuchar las palabras que dirá más tarde Jesús a los fariseos con ocasión de la curación del paralítico: ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?). El encuentro con Jesús, el encuentro de los sencillos de corazón, de los de corazón inquieto que no descansan hasta encontrarlo, de los de corazón contrito y dolido por sus pecados,  termina entrando en las aguas regeneradoras no ya del Jordán, aguas humanas, terrenas, sino en el agua y a sangre que manan del corazón abierto del Crucificado que reconocemos como Salvador.

El Bautismo no es un simple rito, un gesto externo, descomprometido, ¡no! Es la aceptación del Dios que se nos revela y manifiesta como rostro del Padre rico de misericordia y nos invita a ser misericordiosos como Él lo es y a hacer de nuestra vida un servicio a los demás.

         Queridos sisanteños, hoy comienza un nuevo  año jubilar al caer en viernes la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. La Iglesia pone a nuestra disposición, aún  con mayor generosidad, los tesoros del perdón y la misericordia divinos. Facilita la remisión plena de nuestros pecados, de la culpa y de las penas que ellos merecen. Quiere la Iglesia que nos sirvamos de esta mayor abundancia de gracia. La Confesión es fuente de reconciliación, de paz para los corazones. Se nos ofrece la oportunidad de experimentar el calor del abrazo de Dios que perdona los pecados, la paciencia de un padre que conoce nuestra debilidad, la generosidad sin límite de quien no cuenta el número ni la gravedad de nuestras faltas, sino que se fija sólo en nuestro arrepentimiento y propósitos, aunque los sepa débiles, frágiles.

 

         Que Nuestro Padre Jesús Nazareno os conceda que este año sea tiempo de verdadera penitencia, de gozo y de paz, de gracia y de consuelo. Amén.