El mensaje semanal del Obispo de Cuenca. 13 de Octubre de 2017

COMPARTELO EN

El capítulo tercero de la encíclica Laudato si’ de Papa Francisco centra en el hombre la raíz de lo que llama la crisis ecológica. Con ello quiere decir que la explicación de la crisis hay que buscarla en un modo equivocado de entender la vida humana y su acción, que se desvía y contradice la realidad.

            A este respecto, el Papa describe en este capítulo dos modelos contrapuestos: el tecnocrático (n. 101) y el de la cultura ecológica (n. 111). ¿Cuáles son las características principales de uno y otro? Por lo que se refiere al primero, el Papa inicia su discurso reconociendo que la tecnología es un maravilloso producto de la inteligencia humana y de su creatividad. Gracias a ella se han podido superar ciertos límites que venían condicionando negativamente la existencia de los hombres (n. 102).

            Reconoce como cosa manifiesta que la tecnología ha dotado al hombre de un poder desconocido hasta ahora –nunca “la humanidad  ha tenido tanto poder” (n. 104)−, en parte seguramente porque el progreso científico y tecnológico se ha orientado en los últimos siglos a acrecentar ese poder: “saber para alcanzar poder” parece ser el lema que lo ha guiado y lo sigue guiando. Pero si es un hecho que se ha multiplicado el poder de que goza el hombre, también lo es que dicho poder se ha utilizado a veces para fines no buenos. Si ese poder es un bien en sí mismo, no deja por ello de ser, al mismo tiempo, una realidad ambivalente, pues puede ser bien o mal utilizado. De ahí que “más poder no se identifique” sin más con progreso humano como tal; de hecho, el aumento de poder no ha comportado siempre un crecimiento de responsabilidad, valores y conciencia (cfr. n. 109).

            Hemos ya dicho que el modo equivocado de entender la vida y la acción del hombre está en la raíz del uso inadecuado del poder que se da en el modelo tecnocrático. En esa visión errónea del hombre se lo contempla como señor absoluto del mundo; éste queda a su completa disposición y de él puede extraer todo lo posible, ignorando u olvidando la dura realidad, sus exigencias y condicionamientos. Se piensa que el hombre puede disponer, sin límite alguno, de los bienes de la tierra, lo que lleva a “estrujarlo”, como dice el Papa, más allá de lo razonable y de lo que la misma tierra tolera. El hombre pierde la conciencia del límite; se hace a la idea de que los bienes de la tierra son infinitos, y juzga que puede manipular la naturaleza a su antojo sin excesivas y negativas consecuencias; se deja llevar por una especie de hybris, de soberbia, que lo obnubila y le hace perder el sentido y la medida de las cosas (n. 106).

            Se  pretende, además, que este paradigma o modelo tecnocrático, el modelo del hombre como señor absoluto del mundo, se aplique a toda la realidad humana y a todos sus ámbitos y aspectos. Se quiere universalizarlo y que dirija la arquitectura social, la economía, la política, etc. El resultado es particularmente preocupante: “el paradigma tecnocrático se vuelve tan dominante que “es muy difícil prescindir de sus recursos, y más difícil todavía es utilizarlos sin ser dominados por su lógica” (n. 108). Quien no se somete a las exigencias y a las consecuencias de dicho modelo experimenta con frecuencia la sensación de vivir en un mundo que ha perdido vigencia, de estar “fuera de lugar”, de “nadar contra corriente”. Pero el modelo tecnocrático que se asienta en la idea del hombre como dueño absoluto y señor del mundo es incompatible con la de un Dios al que confesamos como autor y señor del universo, creador de cielos y tierra, también del hombre a quien ha confiado el cuidado  de ésta, no su inconsciente e irresponsable explotación y expolio. Se trata de un modelo que termina por poner las claves del dominio del mundo en las manos –¡muy pocas!− de determinados grupo de poder. Al final son estos quienes imponen a los demás hombres los modelos de vida  y de sociedad, excluyentes de cualquier otro paradigma alternativo de cultura, o de otros modelos de vida y de actividad que, de manera casi obsesiva, son ridiculizados, censurados y excluidos del imaginario colectivo gracias a la acción de poderosos y variados modos de presión. El modelo tecnocrático lleva inscrita una tensión universalista, imperialista, diría, que no soporta junto a sí políticas, economías o legislaciones sociales alternativas, libres del modelo que se les pretende imponer.

 

La próxima semana nos ocuparemos de la cultura ecológica a la que el Papa invita como alternativa al modelo tecnocrático.