El mensaje semanal del Obispo de Cuenca. 6 de Octubre de 2017

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En el apartado IV del capítulo II de su Encíclica Laudato si’ insiste el Papa en que cada una de las criaturas de nuestro mundo tiene una función propia; ninguna sobra: todo el universo es un don de Dios y cada una de las criaturas es una caricia de Dios a los hombres, un gesto de su amor por nosotros (cfr. n. 84). Esto lleva al Papa a recordar una idea presente en toda la tradición cristiana. Esta habla con frecuencia del “libro de la naturaleza” que nos manifiesta a Dios, nos informa sobre Él, autor de la creación. Cada criatura del universo, recuerda el Papa con San Juan Pablo II, es como una letra de ese libro que nos habla de Dios y nos permite conocerlo. Por eso, hablamos de la revelación natural de Dios, de su manifestación “en y a través” de las criaturas. En su contemplación se nos regalan numerosas lecciones. Así, por ejemplo:

a)      aprendemos a conocernos a nosotros mismos en relación con las demás criaturas: somos parte del mismo mundo y tenemos una “historia” común;

b)     la infinita variedad de las criaturas  nos permite intuir la inagotable riqueza y bondad de Dios (cfr. nn. 85-86);

c)      descubrimos que ninguna de las criaturas, tampoco el hombre, es autosuficiente; son interdependientes, se completan y sirven mutuamente (cfr. n. 86);

d)     existe una presencia de Dios en las criaturas, aunque entre ellas y Dios se da, a la vez,  una distancia infinita que excluye de raíz todo panteísmo, toda divinización del mundo: las  criaturas no son Dios, y no se les puede pedir lo que ellas no pueden dar (cfr. n. 88); es importante advertir esto, porque, como dice el Papa, “a veces se advierte una obsesión por negar toda preeminencia a la persona humana, y se lleva adelante una  lucha por otras especies que no desarrollamos para defender la igual dignidad entre los seres humanos”; y continúa el Pontífice: “es verdad que debe preocuparnos que otros seres vivos sean tratados irresponsablemente. Pero especialmente deberían exasperarnos las enormes inequidades que existen  entre nosotros, porque seguimos  tolerando que unos se consideren más dignos que otros” (n.90). Por eso concluye: “Es evidente la incoherencia  de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extinción, pero permanece completamente indiferente ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otros ser humano que le desagrada” (n. 91);

e)     gracias a la presencia de Dios en las criaturas, estas lo reflejan y nos mueven  a adorarlo y glorificarlo;

f)       se da una suerte de parentesco entre todas los seres creados, que hace que exista una “comunión” entre ellos que debe conducir al “respeto sagrado, cariñoso y humilde” hacia toda criatura (cfr. n. 89); es importante subrayarlo, como hace el Papa, porque “la indiferencia o la crueldad ante las demás criaturas de este mundo terminan trasladándose  de algún modo al trato que damos a otros seres humanos” (n. 92).

g)     hay que recordar, en fin, que la tierra es de todos y que todos deben poder beneficiarse de ella. Dios, en efecto, ha creado el mundo para todos. Es lo que la Iglesia conoce como “destino común de los bienes”, un principio que tiene como necesario corolario otro según el cual, la propiedad privada está subordinada al destino universal de los bienes. Sobre ella grava lo que se ha llamado una “hipoteca social” que no permite que sean usados sólo en beneficio de unos pocos.

 

El capítulo termina recordándonos el modo en que Jesús contempla las criaturas: sobre ellas dirige una mirada de ternura que nos permite descubrir la importancia que tienen para Él. De todas se cuida Dios; hasta de los lirios y pájaros del campo. Los cristianos sabemos que Dios ha querido reconciliar consigo todo lo que existe sobre la tierra y en el cielo, a la espera de que un día el Hijo entregue al Padre todas las cosas y Dios sea todo en todos (cfr. 1 Col 1, 19-20).