El mensaje semanal del Obispo de Cuenca. 29 de Septiembre de 2017

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El cuidado de la tierra, de la “casa común”, no es tarea exclusiva de nadie; es demasiado grande y compleja para que pueda ser acometida con éxito por solo las fuerzas políticas o la ciencia; compete a todos y a todos compromete.  La aportación de las religiones a dicho fin se revela particularmente útil al ofrecer razones y motivaciones para el cuidado de la creación o de la naturaleza, como algunos prefieren decir. Las convicciones de la fe, dice el Papa Francisco, “ofrecen (…) grandes motivaciones para el cuidado de la naturaleza y de los hermanos y hermanas más frágiles” (Laudato si’, n. 64). De esas convicciones religiosas nacen verdaderos compromisos ético-ecológicos. ¿Cuáles son esas convicciones de fe relevantes para la mejora de las relaciones del hombre con el mundo que lo rodea?

1)      El mundo creado por Dios es bueno, “muy bueno”.

2)     Dentro del “mundo”, la persona humana ocupa un lugar de privilegio por el hecho de haber sido creada por amor y haber sido hecha “a imagen y semejanza de Dios”. Esto explica la singular dignidad propia de cada ser humano, capaz de entrar en diálogo consigo mismo y con Dios, capaz de reflexión y argumentación, de creación artística y  de interpretación. Cada persona representa una novedad cualitativa dentro del universo y “supone una acción directa de Dios” (n. 81): tiene un valor único por ser objeto de un amor especialísimo del Señor.

3)     El ser humano es un ser relacionado. Sus relaciones fundamentales son las que guarda con Dios, con los demás y con la tierra que habita. Esas relaciones, en perfecta armonía antes del pecado, se distorsionaron profundamente después de éste. También, sin duda, la relación del hombre con la tierra.

4)     Es verdad que el hombre recibió el encargo de” labrar y dominar” la tierra, es decir, de trabajarla y de cuidarla, de protegerla y custodiarla, guardarla y preservarla. Pero el hombre no es Dios, y la tierra lo precede: no tenemos un dominio absoluto, despótico y sin límites, sobre las demás criaturas. La tierra no es Dios, sino que es de Dios. Y el hombre es parte del mundo creado por Dios. El hombre no es el Dios de la tierra. Ésta se le ha confiado para cultivar sus propias capacidades y desarrollar sus potencialidades (cf. n. 78). Así el hombre puede dar su aporte  inteligente para una evolución positiva, “pero también puede agregar nuevos males, nuevas causas de sufrimiento y verdaderos retrocesos (n. 79). Es lo que ocurre cuando el hombre considera a los demás seres vivos como simples objetos sometidos a su dominación, cuando mira a la naturaleza como mero objeto de provecho e interés: “La visión que consolida la arbitrariedad del más fuerte ha propiciado inmensas desigualdades, injusticias y violencia para la mayor parte de la humanidad, porque los recursos pasan a ser del primero que llega o del que tiene más poder: el ganador se lleva todo”. Y continúa el Papa: “El ideal de armonía, de justicia, de fraternidad y de paz que propone Jesús está en las antípodas de semejante modelo” (n. 82). La Iglesia quiere recordar al hombre el deber de cuidar la naturaleza y busca protegerlo contra la destrucción de sí mismo (cf. m. 79).

5)     La tierra es del Señor. Podemos tomar de ella cuanto necesitamos, pero al mismo tiempo somos responsables de su protección, para que siga siendo madre nutricia de las generaciones venideras. Debemos, por eso, respetar los equilibrios que se dan entre las demás criaturas. La Iglesia, que defiende que el hombre es el ser más precioso de la creación, no se hace por eso adaliz de un antropocentrismo que se desentiende de las demás criaturas. Los demás seres vivos tienen una valor y bondad propios que debemos respetar, evitando así un uso desordenado de las cosas (cf. nn. 68-69).

6)     Las relaciones entre Dios, el hombre y las demás criaturas forman un vigoroso entramado: en la creación “todo está relacionado y el cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás” (n. 70). El desorden y la distorsión de tales relaciones son causa de numerosos y graves males para el hombre.

7)     Pero esas relaciones emponzoñadas pueden ser recompuesta si se redescubren y respetan los ritmos “inscritos” en la naturaleza, si se recupera el equilibrio  y la equidad en dichas relaciones (cf. n. 71).