El Pan de la Palabra. Domingo XVI del Tiempo Ordinario

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Jesús sigue este domingo explicando los secretos del reino con las parábolas, tratando de revelarnos a un Dios que es buena noticia para todos, que tiene un proyecto para toda la humanidad en el que vale la pena embarcarse, por el que toda renuncia tiene un sentido mayor. Un Reino que, sin embargo experimenta violencia, oposición, dificultad… Un reino que muchas veces ni nosotros, sus discípulos, llegamos a comprender y a valorar… Porque es un Dios que nos descuadra en nuestros cálculos, que nos sorprende llegando por caminos inesperados… Para que entendamos esto, Jesús nos habla con parábolas, con comparaciones de la vida cotidiana, la que vivimos todos, pero la que muchas veces no observamos con profundidad ni saboreamos con fruición.

Este domingo Jesús toma otras tres parábolas para continuar exponiendo la lógica de Dios y del Reino que él proclama como ya presente:

      + Con la del trigo y la cizaña Jesús completa la parábola del sembrador, pero poniendo el acento en otro tema y haciéndolo con mayor claridad. En la comunidad, y en cada uno de nosotros, coexisten elementos buenos y elementos malos, y a veces es muy difícil distinguir los unos de los otros, porque son semillas y brotes muy parecidas. Nos podemos preguntar por qué existe tanta semejanza entre el trigo y la cizaña; qué significa esperar hasta la siega; por qué acaba la parábola de modo positivo. De esta parábola podemos extraer muchas enseñanzas para nuestra vida personal y comunitaria: es inevitable la presencia del mal en medio del bien; es difícil distinguir el bien del mal y emitir un juicio exacto al respecto; es peligroso hacer juicios prematuros, es mejor esperar al juicio en el tiempo oportuno, porque éste tendrá lugar y sucederá; y sobre todo, tenemos que tener la certeza de que, a pesar de la presencia de la cizaña, habrá una buena cosecha de trigo que será guardado en el granero de Dios.

      + La parábola del grano de mostaza insiste en los modos de Dios y en su paradoja forma de convertirse en beneficioso para todos. El Reino no se impone de modo grandioso. El Reino, más bien, es casi imperceptible, sus inicios son realidades pequeñas en las que no somos capaces de vislumbrar sus posibilidades. Así es el reino y así actúa, como lo hizo Jesús, que anunció un mensaje pequeño, casi imperceptible, que luego creció y se extendió hasta acoger a tantos hombres y mujeres de todos los tiempos y de todas las procedencias, así hoy sigue siendo el reino que han anunciado personas como la madre Teresa de Calcuta o Vicente Ferrer, o tantas personas pequeñas, sencillas, sin grandes medios ni fuerzas, pero que en nombre de Dios o de la humanidad, que a fin de cuentas es casi lo mismo (la gloria de Dios es que el hombre viva) han sembrado sus pequeñas vidas en una entrega generosa y se han convertido en arbustos de mostaza capaces de albergar y cobijar a tantas personas en busca de dignidad y de vida plena.

      + Y la parábola del pequeño trozo de levadura enterrado o escondido en la masa, como dice Enzo Bianchi, “continúa con la relación entre pequeño/grande: ¡un trocito de levadura hace fermentar “tres medidas”, es decir unos cuarenta quilos de masa! En las cartas paulinas hay una imagen negativa de la levadura (cf. 1 Cor 5,6-8; Gál 5.9), pero aquí la similitud invierte tal concepción, y así la atención del discípulo es capturada todavía más eficazmente: también el bien es contagioso, no solo el mal.

      Por otro lado, si en la parábola precedente el árbol crecido a partir de la semilla era visible, aquí la levadura desaparece en la harina, casi como diciendo que aquella fuerza entrada en la pasta la hace fermentar precisamente desapareciendo en ella. Conocemos bien esta imagen, a menudo citada también en las homilías y en la catequesis, pero es necesario ser vigilantes e inteligentes: no se ceda a la fácil metáfora de los cristianos como levadura del mundo, porque la levadura es el Reino, es él la fuerza que hace fermentar al mundo, no los cristianos. Éstos no son ni la levadura ni la masa, sino son aquellos que la levadura ya ha hecho fermentar para ser “pan cocido” (como se lee en la Martirio de san Policarpo 15,2), partido para el mundo y ofrecido al Señor”.

      La primera lectura nos invita a profundizar aún más en los misterios de Dios que se manifiestan y se revelan, como Jesús mostraba con las parábolas, en lo humano (“el justo debe ser humano”), y que en lo humano, en lo cotidiano y sencillo, Dios se manifiesta como justo, cercano, bueno, clemente, capaz de compadecerse de nuestra pequeñez, porque él nos ha hecho así y así nos quiere, potenciándonos para poder crecer y dar frutos de justicia, llenando nuestra vida de “dulce esperanza”.

      San Pablo nos invita a invocar al Espíritu, para que en nuestra humanidad, en nuestra fragilidad o debilidad, en nuestra pequeñez e insignificancia, encontremos la ayuda de Dios, capaz de convertirnos en arbustos de mostaza, en pan cocido, partido y repartido para el mundo, capaces de narrar a Dios y de abrir a otros al su misterio.

      Que esta Eucaristía nos sacie con el pan de Dios y con su Palabra. Que acojamos su Palabra en nuestro corazón y seamos capaces de fructificar para que nuestro pequeño mundo sea cada día un poco mejor.