Homilía del Obispo de Cuenca en la memoria de San Josemaría Escrivá. 26 de Junio de 2017

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Celebramos la Memoria litúrgica de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del  Opus Dei. Me uno con honda alegría a cuantos en todo el mundo ofrecen a Dios el Sacrificio de alabanza en la memoria de este gran santo aragonés, y español universal.

La Iglesia conserva celosamente la Memoria de sus santos. Lo hace así desde los inicios mismos de su peregrinar por la tierra, camino de la patria definitiva a la que se encamina guiada por el Mayoral de los Pastores, Jesucristo Señor Nuestro. Nuestra Madre la Iglesia no quiere que, con el paso de los años, se pierda, ni siquiera que se desvanezca en el corazón de sus fieles el recuerdo de sus santos y, tanto menos, que su ejemplo se difumine. Quiera ella mantener viva esa memoria y dar gracias a Dios por cada uno de sus hijos e hijas santos que honran al Pueblo de Dios y que son testimonio evidente de la fecundidad del Evangelio. Cada uno de ellos es una joya de familia en la que luce la gracia de Dios, un modelo que imitar, un valedor e intercesor al que invocar, un protector al que recurrir. Así lo ha querido Dios nuestro Señor, que es admirado, alabado  y amado en sus santos.

La liturgia de la Iglesia tiene, con frecuencia, sus “piezas” más logradas en las oraciones “colecta” de la Misa. A menudo, recogen con exactitud y rica precisión el sentido de la fiesta que se celebra. Acabamos de escuchar la que la Iglesia nos propone para esta conmemoración de San Josemaría.

Nos recuerda, en primer lugar, que los santos son siempre un regalo de Dios, un don divino para su Iglesia y para el mundo.” Oh Dios, hemos rezado, que has suscitado en la Iglesia a san Josemaría, sacerdote”. Es Dios, en efecto, quien lo ha suscitado; su presencia en el mundo obedece a un designio preciso de su voluntad. Es Él quien lo ha querido para su Iglesia. Por eso, en este día aniversario de su tránsito al cielo, el primer movimientos de nuestras alamas es de rendido agradecimiento a Dios nuestro Señor. Se refuerza, al mismo tiempo, nuestra confianza en la providencia de Dios que gobierna la historia; nos abandonamos, confiados,  en sus manos, en la certeza de su presencia en medio de nosotros, hoy y siempre, como roca inconmovible sobre la que se asienta su Iglesia, y como experimentado piloto que guía y gobierna esta nave de salvación.

Dios, sigue diciendo la oración colecta, ha suscitado a san Josemaría en su Iglesia con un doble fin: proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado. Su tarea, su misión en la Iglesia ha sido, pues, la de proclamar, es decir, la de publicar de manera solemne, la de anunciar en voz alta de manera que llegue a todos un preciso mensaje. Dios quiere que todos lo conozcan. Un mensaje que viene del cielo; sí, porque el mensaje que notificó a todos san Josemaría tiene como autor a Dios, siendo él tan solo un instrumento que enseñó de manera incansable y encarnó admirablemente. Dios quiso y sigue queriendo que ese mensaje llegue a todos los hombres. Es una precisa voluntad del Señor, cuyo cumplimiento ha aportado y aportará numerosísimos e innegables bienes al mundo y a la Iglesia.

El mensaje es doble: en primer lugar, Dios llama a todos a la santidad. Se trata de una verdadera vocación, de una llamada, de un deseo de Dios que se hace apremiante invitación.  Una llamada de Dios que resuena desde antiguo en la historia de la salvación: “Sed santos porque Yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lev 19, 2); que Jesús repitió a sus contemporáneos: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48), y a la que el apóstol Pablo hizo de altavoz en sus comunidades: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación”  (1 Tes 4, 3).

Todos, pues, llamados a la santidad, a la plenitud de la vida cristiana: Dios la ha hecho posible a todos; nadie puede excusarse diciendo que supera sus posibilidades. Todos llamados a imitar a Jesucristo: “Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1 Co 11, 1). Ha puesto la santidad a nuestro alcance; de lo contario, no dirigiría esa llamada a todos. Él nos da la capacidad y también los medios para alcanzarla. No nos exime, en cambio, de nuestra necesaria colaboración. Cuenta con nosotros, con nuestra determinación y empeño.

Y nos llama a todos al apostolado. Se trata igualmente de una verdadera vocación. El apostolado no es cosa exclusiva de misioneros, sacerdotes, religiosos, almas consagradas. Es vocación universal. Nadie puede considerar que se trata de una vocación específica de determinadas personas. Todos podemos y debemos ayudar al Señor en sus labores de pesca. Todos podemos colaborar con Él acercándole almas. Es empeño nuestro conseguir, con la gracia de Dios, que nadie pueda decir que no ha encontrado ayuda para acercarse a Dios. Sólo Dios salva, pero, para decirlos con palabras del Evangelio, Él ha querido enviarnos delante suyo “a todos los pueblos y lugares adonde a donde pensaba ir él” (Lc 10, 1).

Una cosa más nos indica la oración colecta como algo específico de la enseñanza de San Josemaría: que la configuración con Jesucristo, la imitación de Cristo, su seguimiento, y también nuestro apostolado o servicio a la obra de la redención, tienen lugar en la realización del trabajo ordinario, el trabajo de cada cual, cualquiera que éste sea. Ahí justamente nos llama a la santidad, y ese es el campo preciso de nuestro apostolado. Es un rasgo fundamental del espíritu que Dios dio a san Josemaría: la santidad se puede buscar y alcanzar en el trabajo ordinario: en el lugar, la condición y estado, en la profesión y trabajo que cada uno lleva a cabo. Esa es la fragua en la que se forja la santidad del cristiano. Es ahí donde se ejercitan y crecen las virtudes humanas, es decir las virtudes que nos hacen verdaderos hombres y mujeres; y es ahí donde hemos de vivir la fe, la esperanza y la caridad, que dan tono sobrenatural a nuestras vidas.

Es ahí, en el trabajo de cada día, en las circunstancias personales de cada uno,  entre nuestros compañeros de trabajo, con nombre y rostros bien concretos, donde hemos de ser apóstoles del Señor: arrastrando  con nuestro ejemplo de vida, con el buen olor de nuestras buenas obras,  e iluminando los problemas humanos con la buena doctrina del Evangelio.

Este es el modelo de vida cristiana que la Iglesia nos propone en la celebración de la Memoria de san Josemaría: santos y apóstoles en el trabajo ordinario, en nuestras vidas de hombres y mujeres como los demás que quedan iluminadas con una nueva luz gracias a la enseñanza de san Josemaría. Que el ejemplo de san Josemaría y el auxilio de la Virgen María nos ayuden a recorrer ese camino con ánimo alegre y decidido.